Guadalupe aún me debe la receta de la crema de aguacate.
Una cosa cremosa, aterciopelada que acaricia el paladar y que inexplicablemente
mantenía la untuosidad y el color de unos aguacates imposibles luego de ser
trabajados bajo alguna técnica desconocida.
Ella insistía en que estaban elaborados bajo la técnica
mas sencilla del aplastamiento y crema de leche, pero no solo no le creí, sino
que al intentarlo nunca logré el objetivo. Ya es bastante riguroso conseguir
por estas tierras salobres y de aires salitrosos un aguacate que se digne en
ser llamado como tal o incluso que mejore su taxonomía náhuatl.
Y no crean que me quedé así, de brazos cruzados. No bien
habíamos comprado una casa, les invitamos a ella y a su esposo y le preparamos
unos avalones o vieiras (que, en rigor, no se llaman ni de una forma o de otra
sino sencillamente “cucharetas” aunque no nos guste por sus connotaciones, peor
es que en algunas partes de la isla le llaman “papo de la reina”). Bueno, el
punto es que junto a Dey, Kari y Juan Carlos nos disponíamos a sentarlos a
probar esta receta que aprendí de dos formas: unos acevichados por nuestro
querido Rubén Santiago y otros, ligeramente salteados por el chef Tomas
Martino. A esas recetas agregué otra presentación, al saltearlos en mantequilla
de ají margariteño. El asunto es que allí saltó Guadalupe y dice: Fer, te
quedaron buenísimos, ya le voy a mandar la foto de estos “Avalones en tres
texturas” (así los bautizó de pronto) a Ivanova para que se muera de la envidia…
Kake sonreía y alisaba un lado de su mostacho. Esa noche cerramos con unas
“pate’ cabras” (pepitonas) picantes y unos tabacos Crispín Patiño, fabulosos
que trajo Juan Carlos.

Guada, sembraba su familia en lo sencillo. Como su vida y
su obra, sus investigaciones y su gerencia, hasta la gerencia del hogar
formidable, como le dice Rafael. Ella siempre iba mas allá, en paralelo.
Sembrando la mirada en lo sencillo, así su vida y así se respira en sus textos,
en sus crónicas que en numero de catorce joyitas, tienen en este libro. No hay
que aplicarle la crítica, ni “el cuchillo de la inteligencia” como le
bautizamos a las críticas feroces en el taller de poesía de Monte Ávila por
allá por 1986. No hace falta. Porque estos textos se defienden solos. Y allí
esta la cara de la madre que, aunque se angustie porque sus hijos llegan tarde
en la madrugada, sabe soltarlos, para que respiren solos o reunidos en este
libro.
Guadalupe sabía ser apacible y rígida. En su sencillez
había una precisión en el habla y una dulzura en el trato que ocultaba una exactitud
en su forma de mirar las cosas. Esa Guadalupe que conocíamos a ratos, en
conversas, cuentos, anécdotas y sonrisas, estaba también en su preocupación por
nosotros, embutidos en esta isla, con nuestros infiernitos, encierros y
aislamientos. Esa Guadalupe, se guarda para relatarnos con una parsimonia digna
de sí, lo que mira y vive en sus trayectos, en sus pasajes.
Hay una carga emotiva en estas crónicas, y también la
percibo en el objeto libro. Bello, cuidado y hermosamente diseñado, puedo decir
como una percepción personal; que este libro se parece a lo que ella hubiera
querido. No obstante, hay, para quienes la conocimos, un espacio entre la
nostalgia y la alegría de leerle. Y se trata de lo que faltó por darnos. No ha
modo de reclamo sino a modo de fortuna. Para apropiarnos del libro y de
atesorarlo. Pero con un vacío, de no poder tenerlo firmado por ella, es también
una forma de acunarlo.
La otra cara que reposa aquí esta en su permanente
preocupación por el país, que le vienen en su ADN, sin dudas. No asumiendo una posición
política o critica politiquera, sino en la forma ciudadana. Allí esta su
preocupación por el voto, por la intolerancia, por la usurpación o el
autoritarismo. Esta su visión de las crisis que atravesamos y la inquietud que
llegó a generar en los venezolanos, donde quiera que estuviéramos, al ver gente
vestida de rojo, rojito. O sencillamente, rojo. Lo curioso es que esas angustias
o inquietudes, para digerirlo mejor, aun siendo escritas entre los 90 y 2010 no
pierden vigencia… aún.
Guadalupe estuvo muy ligada a las artes, en vida,
valoración y gerencia. Por ello, no nos extrañaba cuando bajo su mirada
etiquetaba alguna publicación en redes con #LaBellezaestaenCualquierParte.
Mostrándonos su visión, su punto de vista y la manera de conseguir belleza en
lo simple, lo oculto, lo inadvertido.
Estas crónicas que tenemos impecablemente editadas por
Gisela Capellín Ediciones rinden honor a ese contenido ya no solo para leer
sino para contemplar y aprehenderlos. Porque esto es lo que Guadalupe nos ha dejado,
esta edición que atesoraré sin su autógrafo y del que no podré preguntarle
nada, sino dejar que sus ojos en Viena, Madrid o Miami nos expliquen la ciudad
y sus maneras; o nos deje transitar por sus angustias de madre caraqueña o las
preocupaciones en alguna mesa electoral de aquella elección presidencial
venezolana. Sus visiones eclécticas, variadas y en diversos tonos, van
construyendo un corpus de crónica, que no tiene ínfulas y no tiene petulancias,
como ella. Un poder descriptivo narrativo con su propio aliento, su misma
velocidad y su inexplicable poder de envolvimiento como en el relato del joven
especialista en ayuda humanitaria.
Es difícil decir cual me gusta más. Si la de El Graduado
o la del Especialista Humanitario. Si la de Miami o la de los hijos rumberos.
No lo se. Y en esto, Guadalupe, nos ha dejado también su etiqueta. Métanse en
estas crónicas y encontrarán que efectivamente, según su mirada, la Belleza esta,
en todas estas crónicas.
La vida es lo que ocurre afuera, mientras ahora miramos
las pantallas. Tu nos dices, que la realidad termina siendo la que nos han
contado. Ni es triste, ni es feliz, lo que no tiene es remedio, como canta
Serrat. Aún me debes esa receta de la crema de aguacate y esto no es triste ni
es alegre. Solo es esperanzador. Te la cambio por mis avalones en tres
texturas, Guada, anda.
FERNANDO
ESCORCIA
Isla de Margarita, 15 de agosto, 2026
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