MARGARITA GASTRONOMICA en MERIDA

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jueves, octubre 14, 2010

SELECCION DE TEXTOS DEL LIBRO "EXILIO DE LAS PERTENENCIAS" (1.990)

O L D F A S H I O N

La casa de la Avenida Falcón
me esperó hasta hace poco
intacta del sudor con que la buscaba.

En la azotea de los sueños perdidos
un juego de palos y chapas
siembra alturas en el tragaluz
que da al recuadro íntimo de la casa,
de donde Magaly como delfín
surge entre sus tetas del tormento marino.

Abajo,
las cerraduras hurgan los cuerpos
fláccidos o seniles
de cuanta modelo ocasional
viene por las tardes
a posar frente al inmenso espejo colonial
que corona el cuarto.

En el sopor del día
Doña Rosa apura el pedal de la máquina de coser
puliendo la artesanía de los trajes salidos
de alguna Vogue o Burda,
Yo en cambio
pego mi espalda desnuda
al piso de cemento
por el mismo sitio donde pasa
la tubería de agua fría
Aquellas tardes de calor
ya no esperaban por mí
Es otra casa la que no me recibe.




F R O N T E R A S

Fui motivo de burla
para los amigos de la infancia.
El orden de mis espacios
las cercanías alcanzadas.

Fui juzgado por tener
borrador, sacapuntas y escuadras
en perfecta armonía sobre el pupitre.
Por sentarme de primero en las filas,
por no saber la tabla del nueve
y por odiar a Benilde,
la que gustaba de jugar con carritos,
cuando delataba mi buena letra en el cuaderno.

Los de voces roncas
lanzaron mis libros al patio,
y el más gordo
conquistaba mi altura
con golpes y llaves de canchascascán.

Mi único amigo,
me daba el refugio de la compañía
Siempre seguro,
fuimos famosos y millonarios,
pilotos y alguaciles.

Descubrimos juntos
las aventuras de Sir Francys Drake,
de Moby Dick y Pierre Nodoyuna.

El avión fue capturado
cuando huía a Nueva York.
Panchito no sabía
que nuestro poderno llegaba hasta la otra cuadra



C I N E M A

El garage del Tío Angel
se abría por las tardes del domingo
dando cabida a los sueños
de los que llegaban de Boston y El Vivero.

Vestidos de marinero y de zapatos de charol,
de enaguas plisadas y sombreros de tull
siempre se encondía en sus rostros
la mueca de intriga que se aferraba en la semana.

Diez centavos.

El flaco anunciaba el inicio.

Improvisadas diapositivas
pintaban de sepia
las sábanas del telón
que luego María
buscaba desesperada en el desván.

Comenzaba el ritual,
reflejándose en aquellos rostros ingenuos
la magia que los atraparía por siempre,
desde que Rita apareció través de aquella
inconcebible máquina de proyección
de diez y seis milímetros.

Hace dos años
vi a rita en un collage de besos
que Totó me mostrara,
cerca de la Fontana di Trevi.

No me contó, ni siquiera,
que ella también sedujo
en aquel viejo garage
los sueños de El Flaco
que cincuenta años después yo recordará
en una escena de Tornatore.


C O L L E T E
Y L A H A B I T A C I O N D O S C I E N T O S T R E C E

Cuando sales de las penumbras del cuarto,
viniendo hacia mí
un tamizado reflejo de luz
entra por la ventana
dándole a tu pecho semi-abierto
un claroscuro empinado y ardiente.

La toalla seca tus cabellos
y la tira de tu pijama
al descuido
cae de tu hombro
al servir el desayuno
con un inmenso antojo en la mirada.

Tumbados en la cama
entre periódicos y bandejas
tiramos los relojes
al olvido de los espejos
donde también se guardan
la ducha, el aroma del café
y el jadeo de otros cuerpos
que no son los nuestros.

A la doscientos trece
solemos venir
para acariciarnos las heridas cotidianas
y a vender la pobreza de estar solos.

Como todos los domingos
nos despertamos absortos
preguntándonos con angustia
si esta vez descubrimos lo que fuimos.




R E L O J

Yo sé que te desnudas profundamente cuando me r
ecuerdas
Luis Alberto Crespo

Dicen que para el hombre
la memoria de la mujer es un hombro.
Y yo llevo un reloj
apenas atado a la muñeca
como una forma de salvarme del olvido.

Presuroso, marcho oliendo tus piernas
hacia la ruta contraria.
Tu recuerdo me asalta en la puerta del Metro
o en plena calle
tras un rastro de mujer.

Pierdo el reloj
y tu tormenta se ha desvanecido.

Te vas a la ducha
y te acaricias dejando correr
gotas de tiempo en tu seno.
Un viento suave y cálido te abraza
en vez de mi cuerpo,
esclavo del tiempo y sin algún tipo de salvación
que me esconda de tus redondeces.

No importa el desnudo cuando me recuerdas.
No importa.
No importa morirse de olvido
si es tu abrazo la casa definitiva.

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